una bañera

Es una de las habitantes más antiguas de las casas, antes de verse encerradas por el tramado pretensioso de los azulejos, distanciadas de los espejos, disfrazadas, a veces de mármol, a veces de madera.
Son un huevo invertido, un capullo níveo, un útero. Como un cuenco, a veces indiferente, que puede llegar a consolarte.
Como son silenciosas, disimulan; pero, en el fondo, siempre encierran la posibilidad del placer.
Los niños las creen océano, pero al crecer, se vuelven un testigo mudo de los brotes de la pubertad. Con qué cuidado atesoran el secreto y reciben las primeras flores.
Algunos las disfrazan de colores, pretendiendo ocultar su pureza y los restos innobles que registran sus paredes, la bañera honesta es blanca. Pura. Casta. Aunque se entregue al sexo, nunca falta un baño reparador que la deje inmaculada.
Es importante aclarar que muchas veces son víctimas de dueños desaprensivos. El olvido las viste de colores y a veces las transforma en canteros donde habita la flora más diversa.
Hay bañeras relajadas sobre camas de cemento, que son firmes y confiables. Las hay elegantes, subidas a esos tacones antiguos, resabios de otra época, que resuenan con voz metálica cuando cae el jabón sobre su piel delicada.
Más allá de los tamaños, son todas generosas. Pero desconfían de sus primos desaforados, los jacuzzi, que abrazan a cualquiera, sin rastro de fidelidad.
La vida moderna las adaptó a los espacios más pequeños, pero se aferran al placer del usuario para marcar una nota distintiva. ¡Qué triste se ve a esos jóvenes, cuando apenas cuentan con un cuadrado de cemento frío para sostener unas gotas! Pero es al final del día, después del agobio, frente al cansancio corporal, donde ellas ganan todas las partidas.
pensando en francis ponge

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